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ACERCA DEL MATRIMONIO y la pareja consciente/ Entrevista

SEGUNDA ENTREVISTA.

– Para una unión más sana, ¿qué aspectos se deben tomar en cuenta para pensar en el matrimonio?

Una unión de pareja saludable se sustenta en el amor y en el reconocimiento y aceptación mutua, reconocimiento y aceptación de la filosofía de vida del compañero, de sus valores, intenciones, deseos, metas, cualidades, modo de expresión de los afectos y de la sexualidad, gustos, etc., como ser humano único. Por supuesto, en la medida en que más se acerquen ambos “universos”, más fácil le resultará a cada uno conectarse con el otro desde la afinidad, y desde allí probablemente tendrán mayor oportunidad de manejar acertadamente las diferencias que se presenten, apuntando al crecimiento y salud de ambos.

Tomando como base estos criterios, tenemos entonces que antes de pensar en el matrimonio como plataforma para consolidar la unión, la pareja debe tomar en cuenta en qué medida los aspectos que señalé arriba, convergen o divergen entre ambos, y en todo caso, cuán fácil o no resulta la aceptación de las diferencias, revisando muy especialmente el modo en que fluye la comunicación, la disposición y efectividad de ésta para llegar a acuerdos y la capacidad de los dos de ponerlos en práctica, apoyándose mutuamente para lograrlo, de modo que cada vez que a uno u otro le resulte difícil asumir tales acuerdos, el otro pueda recordárselo desde el amor, o tengan siempre la apertura para volver a revisar, replantear el proceso y acordar nuevas soluciones… y así… hasta conseguir en algún punto de este curso, la sinergia de la relación.

Sin embargo, el “fardo” individual de la historia personal puede mediar de modo no favorable para conseguir esta ruta sinérgica en el desarrollo de la relación, por lo cual siempre es importante tener consciencia de ello, identificar los propios obstáculos que impiden el fluir constructivo de la relación y tener la disposición constante de trabajo interno para lograr un manejo de sí mismo más productivo, en función de mejorar cada vez más la propia calidad de vida y de los aportes a la relación.

Obviamente, este acompasamiento progresivo de la pareja fundamentado en la historia de vivencias juntos, que generan cada vez mayor conocimiento y comprensión del otro y el aprovechamiento de los aprendizajes, exige dedicación a la observación de sí mismo en la relación, enfatizando los temas del “fardo personal” (sobre todo aquellos que facilitan u obstaculizan la relación); la observación del otro, descubriendo y aceptando en este proceso el conjunto de rasgos que lo definen como Ser único; y la disposición a manejar e integrar las diferencias y potenciar las afinidades, desde el amor y la comunicación honesta.

Todo esto requiere tiempo, y aquí no hay reglas fijas, el tiempo necesario varía de las características particulares de cada relación (por lo regular requieren más tiempo de “maduración” las parejas menores de 35 años, en promedio unos dos o tres años antes de tomar la decisión de matrimonio, que las parejas con más experiencia de vida “consciente”). En este sentido, un tiempo “suficiente” de convivencia previo a la decisión de matrimonio, puede brindar un espacio adecuado y muy productivo de exploración, práctica y aprendizaje, de no colidir esta opción con la filosofía de vida o creencias de alguno de los dos.

Lo importante es que ambos identifiquen conjuntamente a partir de qué momento están sintonizando en un buen nivel de integración y equilibrio de sus similitudes y diferencias, observable a través del fluir de las dinámicas de comunicación, la profundización de la comprensión mutua y del contacto afectivo sincero y espontáneo, en la medida en que la confianza en sí mismo y en el otro va incrementando, todo lo cual se refleja en tiempos cada vez más amplios de bienestar y tiempos cada vez más reducidos conflicto, en un ambiente que invita cada vez más al gusto por compartir. En este punto estaríamos en la frontera de la decisión sobre el matrimonio, por supuesto, si ésta es para ambos miembros de la pareja una opción deseable que “encaja” bien dentro del propio marco de valores.

– En caso de que uno de los dos no se quiera casar, ¿qué recomendaciones se pueden poner en práctica para que la relación sobreviva?

En cuanto al enfoque de este planteamiento, considero no es recomendable conectarse con la pareja desde el sentido de “sobrevivencia” de la relación, dado que psicológicamente esto genera un cierto malestar en la base, proveniente de la sensación de estar viviendo en una especie de “post enfermedad” de la relación que se espera “sane” en algún momento. Pudiera resultar una mejor opción conectar con la idea y la sensación de estar cerrando un ciclo de pareja, aprovechando un tiempo fértil de reflexiones y acuerdos, a favor de la salud de ambos, lo cual conducirá a tomar decisiones acertadas (sea continuar en una versión diferente de la pareja, de mayor madurez, o separar rumbos integrando aprendizajes).

Ahora, entrando en materia, en primer lugar, es importante identificar si lo que hay en la base del no deseo de casarse es miedo, o si trata de otra razón.

De haber miedo, hay que considerar, en primer lugar, que todos tenemos una tendencia natural a experimentar aprehensión y temor ante los cambios sustanciales en las rutinas de nuestra vida, y por lo regular, en mayor o menor medida, los compromisos que surgen a partir del “estatus matrimonio” pueden significar grandes cambios respecto al “estatus solter@” o “novios”.

Si, aun así, nos arriesgamos y sentimos suficiente coraje y valentía en el impulso como para ir identificando y resolviendo todos los requerimientos que se van dando en este camino de cambios, bien! Esto quiere decir que en nuestro “fardo” de vivencias estamos consiguiendo herramientas útiles y las estamos empleando favorablemente!

Si, por el contrario, nos paralizamos y/o huimos por el miedo, entonces es tiempo de detenernos, porque de seguro nuestro miedo nos esta enviado señales de auto-revisión que nos indican que probablemente no disponemos de los recursos internos o materiales que está demandando de nosotros la relación (o sí los tenemos pero no logramos identificarlos). Entonces es momento de centrarse, reflexionar, realizar un balance de aquello que requerimos, ubicar si disponemos de ello, o si es válido emprender una ruta de aprendizaje y/o decisiones de cambio interno y/o logros externos (materiales, por ejemplo, como logro de mayor autonomía financiera) para luego reconsiderar involucrarse en la relación, esta vez fortalecidos, recursos en mano y/o en resolución. Y como lo he mencionado en entrevistas anteriores, todo esto aplica sólo si hay amor, dado que este sentimiento es el que le da sentido a la relación y motoriza los esfuerzos requeridos para consolidarla.

Por otra parte, si en la base del no deseo de casarse no conseguimos que el temor es un factor determinante, habría que identificar si se trata de un tema de tiempo, es decir si la persona siente que aún no es el momento más adecuado, por alguna razón, pero probablemente en un futuro sí sea una opción; o si definitivamente la idea de matrimonio no encaja como valor en la propia filosofía de vida.

En el primer caso, de no sentirse “preparado” uno de los dos para tomar la decisión de matrimonio, o de percibir que no se dispone de los recursos internos o materiales necesarios, es momento de conversar desde la apertura y la expresión libre de sentimientos y razones psicológicas o materiales que llevan a posponer la decisión, negociar los términos de la misma y reajustar los tiempos.

En el segundo caso, cuando la idea de matrimonio no encaja como valor en la filosofía de vida de uno de los dos, sugiero dialogar en torno a las diferencias de premisas de vida de ambos que están haciendo colisión respecto al modo de consolidar la unión. Y, de ser insalvables las divergencias, y se asumen como fuertes limitantes para construir criterios comunes, tal vez sea preferible considerar si es viable el proyecto pareja o si más bien es preferible trabajar en el cierre de ese ciclo, integrando aprendizajes y separando ambas rutas de vida.

En todo caso, de haber amor en la relación, confianza, respeto y un fuerte deseo de estar juntos y de mantener y consolidar la unión, valga el énfasis que hago siempre en considerar todas las opciones accesibles para transitar reflexiones, revisiones del marco de creencias personal, posibilidades de cambio interno profundo que conlleve a cambios en juicios de valor y creencias respecto al tema, emprender negociaciones y acuerdos conjuntos, etc., solos o guiados por acompañantes expertos (profesionales de la Psicología, Orientación, Coaching), con la intención de reorientar y reafirmar la pareja en una dirección creativa que satisfaga a ambos miembros de la relación.

– ¿Cómo perder el miedo al compromiso?

En cuanto a la tarea de perder el miedo al compromiso, y tomando en cuenta las consideraciones descritas en los puntos anteriores, van algunos tips:

  1. “Activar” el desarrollo del “Factor Madurez”: Comprender que el desarrollo afectivo del ser humano a través de las relaciones, aún cuando es “natural”, no es tan sencillo y representa retos importantes de diferente clase y magnitud para todos. En este sentido, nuestra configuración de base que nos lleva a elegir nuestras relaciones y a actuar en ellas de modo muy particular, está influenciada por el modo en que se relacionaron con nosotros y entre ellos mismos nuestros padres y/o cuidadores en casa, en nuestras edades tempranas: primera y segunda infancia, y adolescencia. Respecto a nuestra historia, entonces, puede ser útil realizar un inventario y balance de todo aquello que hemos aprendido y que podemos elegir cambiar a favor nuestro y de los compromisos afectivos con quienes amamos.
  2. Desplazar nuestras actitudes adolescentes hacia la adultez. Muchas veces “compiten” nuestras actividades y relaciones sociales e íntimas con nuestra necesidad de compartir con nuestra pareja; entonces tenemos que aprender a evaluar y establecer prioridades, sobre la base de criterios justos, y lograr dedicar calidad de tiempo tanto a nuestra vida absolutamente personal así como a la pareja. Para lograr esta disposición, es importante que ambas personas lleguen a la pareja con una vida propia que agrade a sí mism@ y que le motive a cada quien a alimentar sus diversa facetas. En esto, la comunicación sincera, la disposición a llegar acuerdos desde el amor y la confianza en el otro (comprendiendo, por ejemplo, que “la cantidad” de amor no está en función de la cantidad de tiempo que se pase juntos, sino de la calidad y profundidad de las conexiones afectivas, de la libertad de expresión del amor entre ambos, que lleva al deseo sentido – no impuesto- de estar juntos), serán factores determinantes del curso del compromiso en la relación.
  3. Desarrollar cada vez mayor confianza en sí mismo a partir de la autovaloración de las propias cualidades, lo cual fortalece el amor propio, y desde allí lograr la aceptación de las propias limitaciones percibidas, temores e inseguridades. Esto genera mayor apertura en la actitud hacia el otro, sinceridad, libertad en la comunicación y facilita el conocimiento y la mutua comprensión y apoyo desde el amor, fortaleciendo la capacidad para manejar riesgos y comprometerse cada vez más con la relación.
  4. Identificar desde la auto-observación y autoevaluación constante las propias limitaciones y fortalezas que obstaculizan o facilitan los temas difíciles de la relación, mantener el compromiso de trabajo interno y la disposición a realizar los cambios requeridos para el propio bienestar y el de la relación, y admitir siempre la posibilidad de buscar apoyo profesional especializado profesional en temas personales y/o de pareja, siempre con la intención de lograr observar lo que no está a la vista, comprender en qué medida estos descubrimientos facilitan o limitan la relación consigo mismo y con el otro, integrar aprendizajes y logar identificar y utilizar los recursos disponibles para aportar salud y bienestar a la relación de pareja, y crecer conjuntamente.

En síntesis, llegar con una vida autónoma, responsabilidad sobre las propias decisiones y acciones, reconocimiento honesto de los errores, expresión libre y respetuosa de las debilidades, en el marco de sumarse vida y no restarse al pasar al estatus “comprometido” en la relación.

  1. Aprender a leer el mensaje del miedo, de acuerdo a lo descrito en los aspectos relacionados del punto anterior (“En caso de que uno de los dos no se quiera casar, ¿qué recomendaciones se pueden poner en práctica para que la relación sobreviva?”)
  2. Autoevaluar tendencias personales hacia la rigidez, inflexibilidad. Comprender que en pareja es prácticamente imposible llevar el control absoluto de todas las situaciones, y que más bien el tono saludable es el de la disposición constante a la conversación honesta, a la expresión del propio sentir y a la escucha no enjuiciadora o crítica del sentir del otro, siempre en la búsqueda de acuerdos y soluciones que apunten al bienestar de ambos. De modo que las personas muy rígidas, inflexibles, controladoras, suelen desarrollar ansiedad y tendencia a la frustración en la medida en que hay mayor compromiso en la relación y una sensación progresiva de no poder controlar el curso de la misma de acuerdo a los propios criterios.

Por otra parte, las personas muy rígidas suelen ser muy cerradas en la expresión de los propios sentimientos, lo cual puede llevarlas a un modo cada vez más “superficial” de establecer el contacto afectivo y los diálogos con la pareja. En casos extremos, y a veces inconscientemente, la persona inflexible va creando cada vez más argumentos y racionalizaciones para “escapar” de la relación, y muchas veces hasta intenta proyectar y responsabilizar de todos los “fallos” de la relación a las cualidades, comportamientos, historia, del otro, cuando muy en lo profundo lo que está es reflejando en ello las propias carencias y sentimientos de incompetencia y fragilidad para involucrase y afrontar los temas conjuntos. Todo lo cual va dejando una sensación de vacío, inconformidad y frustración de ambos en el tiempo. En este caso, dado que la raíz de esta clase de obstáculos está más en la personalidad que en factores o circunstancias externas de la relación misma, lo que procede es una profunda revisión de la disposición personal a logar apertura y flexibilidad progresiva en la relación, y de resultar esto una tarea muy difícil, evaluar la opción de seguir algún proceso psicoterapéutico por un tiempo, lo cual redundará, fundamentalmente en beneficios para la propia vida.

– ¿Es necesario el matrimonio para que una pareja pueda ser plena?

El matrimonio, como institución, controla a través del marco jurídico-legal de cada país las reglas del juego formal de las uniones de pareja en su inicio, curso y fin, en caso de requerirse. Desde este punto de vista, y en atención a la protección de la integridad físico-emocional de la persona y de los bienes personales y comunes que se posean, además de los beneficios que en este marco obtiene los hijos, es una buena plataforma para la unión.

Por otra parte, para algunas personas el matrimonio es un valor importante en su filosofía de vida, dentro del marco de su creencias religiosas y/o de deseabilidad social, en cuyo caso, es un factor que debe considerarse desde los inicios de la relación.

Sin embargo, el matrimonio per se no promete salud, bienestar, crecimiento personal y material, armonía, felicidad, indicadores todos del camino hacia la plenitud en la convivencia. Únicamente la disposición y prácticas señaladas en los apartes anteriores apuntan en esa dirección, y aún desde allí, pudiera ser que en algún momento la unión deje de ser válida para uno o ambos miembros de la pareja, si se diesen cambios de tal magnitud en la vida de alguno de los dos o de la relación, que pierda sentido el acompañamiento. Y aún así, si se mantiene el respeto y se honra el amor que ha vinculado a la pareja durante su tiempo de compartir, la decisión de separación será la mejor opción para ambos, siendo consecuencia de un proceso de cierre bien elaborado, donde ambas partes culminan el ciclo con mayor madurez, sabiduría y fortaleza que cuando se conocieron.

Visto el matrimonio desde este ángulo, sólo como un marco de apoyo normativo que asegura integridad físico-emocional de los miembros de la pareja y de sus bienes materiales personales y conjuntos, lejos está de garantizar los aspectos psicológicos base de la plenitud en la convivencia, los cuales están sujetos a las dinámicas internas de la relación y su manejo fértil desde el amor y el respeto mutuo, en un ambiente de constante aporte constructivo, aprendizaje y crecimiento.

Finalmente, más allá de todo esto, sería muy útil reflexionar acerca de la idea de “plenitud”, que, en principio, es un estado existencial profundo, que nace del propio Ser, y que cada quien puede alcanzar a partir de sí mismo, dependiendo de cómo y desde dónde asuma y guíe su vida. Y esto, en última instancia, representará la base del aporte de la persona no solo a la relación de pareja y al matrimonio, sino a sus relaciones en general y a su quehacer en la vida.